domingo 20 de diciembre de 2009

MANIFIESTO DE UN ESCRITOR HINCHADO LAS PELOTAS

Este blog ofrece una novela completa. No es por capricho que la subí a internet hace varios meses, fue a raíz de lo que cualquier escritor anhela: la divulgación de su obra. Pero también nació del hartazgo de buscar editores. Hoy por hoy los editores no sirven para absolutamente nada. Su incidencia en la literatura, si se trata de ofrecer obras a los lectores y no a la crítica o la academia, es nula. Dedicados al negocio o a la mera pose ninguno de estos canallas denota más sensibilidad o cerebro que un político de comité barrial.

Pensarán que hablo desde el resentimiento. Alguna vez fue así, ahora ya no, porque entendí que no hay nada qué esperar de esa gente. Creo que es obligación decir en voz alta que ese lugar tan valioso -que alguna vez ocuparon editores con decisión propia, estuviera el lector de acuerdo o no con su selección de autores- hoy está vacante, apenas rellenado por estos delicados imbéciles incapaces de pensar por sí mismos.

Quisiera poder decir que esta novela fue rechazada por cincuenta, cien editoriales. Pero no, no fue rechazada sino ignorada, ya que sólo el 1 por ciento de los editores que contacté leyó algún que otro capítulo, a los demás no les interesó leer ni un párrafo. No es el rechazo lo que indigna -todo mundo tiene derecho a decir sí o no-, lo que indigna es la desidia y el desinterés y que encima hagan que deciden sin atreverse a decidir sobre nada, tratando de formar opinión sin tener ellos ninguna.

Claro que lo que importa no son esos insulsos calienta sillas sino los lectores, los que más pierden al fin y al cabo, los que han quedado yirando en el limbo de la mediocridad ajena sin que nadie los acerque a los nuevos escritores.
Internet sirve para divulgar pero lo hace desde el azar. Parecería que aún no nos atrevemos a armar discusiones realmente abiertas, ni opinar (para algunos las opiniones son autoritarias, otra falacia de este mundo cobarde pos-posmoderno) ni recomendar obras nuevas a partir de nuestro gusto y preferencia.

A pesar de todo esto las obras circulan, y la circulación es lo que esos muertos vivos de editores tratan de evitar, sean tanto capitalistas de grandes grupos editoriales como editores “independientes”, frívolos que no son independientes de nada y que en verdad obedecen a modas pasajeras, publicando figuras académicas o modelos de pasarela de la literatura fashion. En suma, gente que desprecia y teme a los lectores y se aleja de ellos como de la peste.

A todos ellos les deseo una pronta extinción y que dejen paso a otra especie más sensible. Y a los lectores, verdaderos protagonistas de este juego perdido, les ruego que se eleven sobre el desprecio y el egoísmo y que emprendan la búsqueda de escritores que no encuentran cómo llegar a ustedes.

Por mi parte los invito a que lean esta novela. Como escritor es todo lo que puedo hacer, aunque no es poco.

Alejandro Hosne
México, D.F.
Diciembre de 2009

sábado 19 de diciembre de 2009

PRIMER CAPÍTULO COMPLETO

Me fui despertando de a poco, a medida que los ruidos del fin de la tarde entraron por la ventana del cuarto. Ruidos encimados de los departamentos vecinos; sartenes y cacerolas chocando contra las cocinas, la lluvia de las duchas, el ir y venir de los ascensores con la gente que volvía del trabajo, los gritos de chicos jugando en el patio del edificio de al lado. Una luz satinada se filtró por los agujeros de la persiana y atravesó el cuarto, llegando sin fuerza a la pared.
No había dormido mucho, dos o tres horas por día, como siempre. Miré el reloj clavado en las ocho. Me di una ducha de agua fría y me quedé ahí un buen rato, hasta sentir la piel hecha un cuero. Después, el ritual de rigor: me vestí bien, pantalón negro, camisa blanca de marca y para mostrar que el invierno también me molestaba me anudé un pullover a la cintura, zapatos negros nuevos, y dos o tres boludeces más. Fui al mueble del comedor y saqué una botella de whisky. Le di un largo trago para tener un aliento potente. Su sabor insípido pasó sin pena ni gloria. Tomé un segundo trago, hice buches y escupí. Guardé una navaja de tamaño mediano en el bolsillo.
Las calles se veían diluidas, las luces de los faroles y de los autos confundían las distancias. La mayoría de los árboles, de base ancha, artríticos, se hacían menos ambiciosos y desaparecían de las veredas, rajando de las fosas a la oscuridad. Las bolsas de basura desbordaban las cuadras en verdes y negros intermitentes. Si la gente es feliz o progresa no se sabe, pero que produce basura no hay duda.
El pobre Palermo no hacía más que boquear el cáncer municipal a través de baldosas rotas, de la mierda impune de los perros, de la desidia de la gente. Su arteria inflamada de agua, el arroyo Maldonado, debía aguantar la respiración hasta dar con su roña en el Río de la Plata.
Llegué a la parada del treinta y seis y, raro, no lo esperé ni dos minutos. Cosas de la suerte, la espera de los colectivos. Bajé en Sarmiento, caminé por Medrano y seguí unas cuadras. El frío de Junio aumentaba. Subía y bajaba alrededor de la ciudad, enroscándole su juventud. Casi se veía un invisible polvo de hielo. Vi a lo lejos a Sebastián y a Pablo charlando animadamente en el balcón de la casa de Sebas. Gesticulaban mucho y se reían a los gritos, tratando de llamar la atención de alguien. La música retumbaba. Me vieron venir y se pusieron a hacer chistes. Me cargaron con una mina que justo pasaba, a la que no le interesó un carajo la situación sexual que me enfardaron con ella.
- Nosotros ya estamos medio en pedo. Pasá.
Estaban en el umbral de la escalera, riéndose. Me saludaron con un aliento taponado por varias tandas de destornilladores. Sebas me pasó un vaso. Se lo devolví.
- Tomé whisky en casa, no quiero mezclar. Yo diría que paren de chupar, si no, no nos van a dejar entrar.
- ¡Qué no, yo conozco al portero y sabe que gastamos guita adentro! ¡Además, le das un poco de charla, le decís qué lomo que sacó en el gimnasio y se pone contento, el cabeza!
- ¡Si, ese negro de mierda se hace unos claritos y piensa que alcanza!
- ¡El tema es que este boludo que complica las cosas! –Sebas señaló a Pablo- ¡Yo compro Vodka Absolut, de como veinte mangos y el señor lo mezcla con Tang, por eso el aliento, no es por el Vodka, es por el Tang, el jugo más industrial y más berreta que hay! ¿Por qué mejor no lo compartís con el portero del boliche?
Se cagaron de risa. Yo sabía que íbamos a entrar al boliche, pero si les decía que pararan automáticamente tomaban más. Fuimos a la cocina, atravesando el pasillo que dividía la casa de Sebas, una casa enorme y antigua de Almagro. Parecía que ochenta años atrás la gente quería creer en algo, ya que se guardaba mucho espacio, como si preparara grandes proyectos desde la generosidad del hogar. Al fondo del pasillo, en plena oscuridad, se amontonaban los cuartos de la madre y los hermanos. Estaban durmiendo, pensé si Julieta también estaría durmiendo.
Nos servimos unos poderosos vasos de Coca y hablamos de la semana, del laburo, de la Facultad de Pablo, de todo lo que pudiera caber de lunes a viernes sin usar vaselina, es decir sin tocar ningún tema personal o delicado. Discutimos sobre las minas que íbamos a encontrar esa noche. A Pablo y a Sebas les encantaban estos preámbulos antes de salir. Les permitía soñar, ser imaginativos -por una vez- respecto al futuro, aunque fuera el inmediato; imaginar lo que puede pasar y disfrutar de la ficción, los posibles roces, besos, manoseos de minas entregadas, para al final terminar aceptando, con relativo buen humor, que lo que pasa es poco o nada. Para los tipos la ida a los boliches es soñar primero, y al otro día, cuando todo salió al revés, volver al “ya vendrá”, y repartir las figuritas repetidas entre los sobrevivientes: “aquella me marcó de reojo” o “la otra se fue al mazo cuando la encaré”. La verdad es que no hay otro lugar donde ir ni nada que hacer, y si hubiera a nadie se le ocurriría averiguar donde está. Era la mecánica de los fines de semana, el boliche, y cuando a las almas desinfladas le sonaba la alarma, entonces había que apelar a salidas de emergencia los jueves, los domingos y hasta un lunes, o martes si se organizaba un evento especial. El presente idiotizado era lo único que tenían Pablo y Sebas y no lo dejaban escapar. Llevaban este tipo de vida desde hacía años, yo también. Nuestra diferencia con la mayoría de los jodones porteños era que trabajábamos o estudiábamos y no podíamos dormir tanto al otro día de la joda, no durante la semana al menos. Claro que podíamos comprar la cantidad de tragos que se nos cantara, ir y volver en taxi, desayunar o comer una pizza si la borrachera se volvía gastríticamente incisiva. Mis dos amigos lo decían siempre: “mientras se pueda volver con algo de guita a casa el sueldo es bueno”.
Sebastián únicamente trabajaba y era bastante para él. Aunque era responsable en su puesto no le gustaba el laburo, decía que quería algo mejor. Qué, nunca dijo. Pablo no trabajaba, estudiaba, la palabra mágica. Sus viejos creían no estar tan atrofiados como otros padres y habían logrado convencerlo de que una carrera todavía servía de mucho. “A pesar de que hoy se dice que una carrera no sirve te da un saber y dignidad” decía Pablo que decían ellos. Una frase de mármol que no lo engañaba. El poseía una experiencia fundamental que sus viejos, sobrevivientes de otra época mejor maquillada no tenían, y que era saber de antemano que nunca nada tiene valor ni importancia a menos que uno se lo crea, y creer es muy complicado, un deporte de alto riesgo con las probabilidades en contra. Pablo defendía su nihilismo pobretón porque era verdadero. Ya no hace falta teorizar sobre lo trágico, lo trágico descendió tanto de nivel que se pega a los talones como chicle mugriento, mientras arriba se respira una precariedad que no inspira grandes ideas.
Pero Pablo no era boludo y accedió a estudiar abogacía, por unos meses hasta lo hizo con entusiasmo. Todo era nuevo y se permitió creer que podría llegar a interesarle. Eso le daba el visto bueno del mundo responsable, y que sus viejos no se metieran mucho en su libertad enjaulada de salir todas las noches. Obvio, el romance duró poco. Se hartó de la rutina del estudio, vio que la cosa pintaba seguir así por años y que encima después tendría que ejercer de abogado. Siguió asistiendo a su universidad privada en plan de durar un poco más pero sin gloria, vegetando en las acotadas aulas, sobreviviendo a la sarmientina dureza de los cuatrimestres. Sabía bien que si amagaba largar la Facu el desnutrido crédito de sus viejos se iría a la mierda, tendría que trabajar como nosotros y eso lo hacía vomitar pesadillas todas las noches. Las notas empeoraban y nos contó muy angustiado su miedo. Ahora estaba tratando de ver si podía comprar materias. Le habían comentado que se podía pero él le pasaba tan poca bola a la Facu que no había establecido los contactos adecuados. Andaba como loco, preguntando bajito por los pasillos. Le dije que no se preocupara, que si existía alguien con intenciones de vender él lo iba a encontrar, era una infalible ley de mercado. Tiempo después uno de sus profesores, un cuarentón macanudo, discreto perseguidor de alumnas, le ofreció Civil por un buen fajo. Una verdadera puta del saber, el profesor. Pablo estaba tan contento que por un tiempo hasta intentó mejorar en el estudio. El gustito de la transgresión lo hizo agradecido.
Pasó un rato y la charla se fue medio al carajo con tanto alcohol y angustia. Terminaron hablando los dos como viejas desaforadas. A esa altura no se daban cuenta que yo no tomaba. En un momento se hicieron las dos, hora sagrada de partir. Me asomé al balcón mientras mis amigos se cambiaban y se ponían lindos. Di media vuelta y traté de ver en la negrura del pasillo. ¿Estaría durmiendo? Mantuve la vista suspendida unos minutos. Se abrió su puerta, vi que salía del cuarto y se metía en el baño. Llegué a ver su pelo largo reflejando una luz distante. Cuando prendió la luz del baño su sombra se pegó a la pared un instante y cerró la puerta. Sentí el calor denso, veraniego, subiéndome vertical desde el estómago como llamarada por hueco angosto para deshacerse en mi boca, dejándome los dientes en carne viva. Cerré las manos, los nudillos se me blanquearon. Respiré hondo. ¡Qué pobre se volvía de pronto el frío que silbaba por el balcón, qué gran hinchazón de nada! Yo que siempre lo cargaba conmigo ahora lo dejé escapar con desinterés. Me controlé. La verdad que siempre podía hacerlo. Miré hacia la calle y me olvidé de Julieta a la fuerza.
Mis amigos me chiflaron desde el living. Bajamos las escaleras, mientras estos se acomodaban lo acomodado mil veces, se ajustaban la camisa, las mangas y con dedos cuidadosos corrían de un lado a otro los estudiadísimos mechones de pelo que les caían sobre la frente. Se apuraron antes de llegar a la puerta, una vez cruzado el umbral no habría tiempo para nuevos arreglos, tampoco uno puede ir manoseándose el pelo por la calle como un maricón. Salimos y los dos se convirtieron en señoritos de la noche. Sus movimientos se volvieron cuidadosos, la forma de andar lenta y seductora. De vez en cuando le pegaban un sacudón al mechón de pelo como para hacer que desordenaban lo perfectamente ordenado. De pronto todo lo anterior, del lunes hasta entonces, se transformó en un patinoso recuerdo y se deslizó hacia el inodoro de sus cerebros. Hasta que entráramos al boliche la cosa iba a ponerse peor, las actuaciones llegarían a límites extremos, poses duras por todos lados, denodados gestos de macho activo. Hay que decir igual que otros tipos superaban ampliamente a mis amigos, esos eran los ganadores de oro de la noche porteña, muñecos de cera sin signos vitales pero con sonrisas y nombres cotizados en el ambiente de boliche.
Caminamos hacia Salguero. Apenas hablábamos, todo era cuestión de miradas, de significados misteriosos cuando pasaba una mina y, si no, el mutismo. La entrada al taxi fue vigilada, algo se podía desacomodar. Un movimiento brusco y el pelo se iba a la mierda, la camisa quedaba como de gordo agitado, hacia fuera. Tuvimos cuidado. El taxista no abrió la boca y su radio tanguera, llena de interferencias, parecía acompañarlo muy bien en la madrugada. El boliche al que íbamos había cambiado muchas veces de nombre y de estilo, lo destacable era que tenía un nivel y respetaba las aspiraciones de cualquier winner medio pelo, es decir, ofrecía un espacioso cuadrado donde poder yirar y mostrarse durante horas sin peligro. Eso era lo importante, más allá del nivel social del lugar.
Pablo y Sebas decidían cada vez donde ir y yo estaba de acuerdo. Unos años antes este boliche era lo que un tipo bien acusaría de grasa, desbordado de cabezas y mucamas pintarrajeadas. Sin embargo, hay que admitirlo, cogerse a la mucama es una tentación eterna del clase media. Esta fantasía humilde pero recurrente se arrastra por los genes desde la Conquista de América, quizás simbolice la dominación, el poderío, la violación permitida de las esclavas. O quizás no sea otra cosa que la ilusión de coger fácil. Claro que los tiempos cambian y en los boliches había que laburarse a las mucamas lo mismo que a cualquier concheta. En el mundo actual la histeria llegaba a todas partes. A veces Pablo recordaba con nostalgia esas escapadas a boliches grasas, donde hubo algunos polvos, donde su semen blancuzco bien alimentado se mezcló con flujo proletario y aparentemente servil. Incluso una vez él y Sebas intentaron meterse en una bailanta pero ahí la cosa fue diferente. Los chabones de las bailantas son serviles de lunes a viernes, en sus recios trabajos para bueyes, pero en su territorio no aceptan que unos quemados por lámpara vayan a burlarse de ellos. Los chicos contaron que tuvieron que evacuar rápido, antes de que los fajaran. Las bailantas son antros exclusivos de laburantes, los vilipendiados negros cabeza argentinos, de pelo duro y engominado con grasa de vía de tren, que se perfuman con colonia y llevan la camisa abierta mostrando crucifijos. De los estereotipos de la sociedad ése es el más honesto, no da lugar a variaciones ni a mentiras. Un primo de Pablo una vez se metió de guapo en una bailanta a buscar pelea y se la dieron en serio. Rabioso, confesó que encima fue uno más chiquito que él. Lo que no entendía ese pibe es que la pobreza hace a cualquiera buen boxeador, y sobre todo buen perdedor. No hay miedo a los golpes ni a la propia sangre, que ya viene derramada. Será por no tener que preocuparse de la propiedad privada, que es sólo retención de energía.
Una cuadra antes de llegar, por Córdoba, distinguimos el amontonamiento en la puerta. A un costado temblaba una larga cola de gente desprendida de la bola principal. Sebas le dijo al tachero que nos dejara en la esquina. Nos metimos en la cola y tanto Pablo como Sebas se pusieron en plan de estudio, clasificando a las chicas entre sonrisas. Observé las caras. Adentro se confundían las facciones y si había alguna chica de verdad quería tenerla archivada de movida. No vi nada especial.
Estuvimos un buen rato afuera, padeciendo el momento inexplicable de la noche, el de esperar el turno para entrar. Hay siempre un gran gentío anexado a la entrada, y si uno anda distraído piensa que es una continuación de la cola, pero no, son los que, por decirlo de alguna manera, sostienen el misterio, los místicos de la pelotudez. Se quedan ahí vegetando, y cuando tienen oportunidad de entrar no entran. A veces estos grupos pueden quedarse boludeando hasta las tres, cuatro de la mañana y no entrar nunca. No es que les falten ganas sino que quizá entrar es demasiado para ellos, o demasiado poco. Simulan esperar que otros pasen y se guardan a sí mismos para un futuro mejor, dejan desvanecer la noche. Pablo y Sebas habían intentado algunas veces este deporte de paganos en busca de emociones nuevas y acabaron hundidos en un sopor de ignorancia desconcertante. Los escandalizaba esta conspiración de matar el tiempo. Así fue que entramos enseguida. Además, últimamente habíamos ido tarde a bailar y el apuro era mayor, trabajar cualquier minita lleva su buen par de horas.
Sebas cruzó unas palabras con el portero, un mono tonto de dos metros que contestaba arqueando las cejas, con un tono bajo y despectivo inventado por él. No era un grone como decían mis amigos, eso era envidia, en verdad. Lo cubría una piel refrita por incesantes sesiones de lámpara, tenía el pelo muy corto, un arito brilloso y una barba candado bien podada. Ostentaba una especie de remera térmica varios números más chica de lo que necesitaba, que apresaba sus músculos hinchados, apenas contenidos por ramificaciones de venas que podían explotar en cualquier momento. Era musculatura de gimnasio, decorativa, sin potencia en caso de peligro real. No para uso externo sino para la pasarela; eso era el chabón, una pintura para adornar el local. Atrás de este coñemu, vestido de negro, había un tipo de unos treinta y cinco años, y éste sí, un auténtico grone, con la suficiente dureza como para bajar a trompadas a cualquier rugbier y hacerle morder la baldosa más áspera. Era el verdadero matón, se veía en su cara cuadrada esa recia unidad en las facciones que sólo logran miles de piñazos reincidentes. Si en la vida de los pobres no hay opciones tampoco hay opciones cinturísticas para esquivar golpes: van directo a la nariz, a las cejas, a los dientes. Se notaba que había sido boxeador. Una cicatriz le abría en un húmedo rosado la nariz entera, la piel alrededor de los ojos había quedado alisada de tanto guantazo. Sus manos, donde terminaba el traje, sobresalían empedradas, cruzadas de venas negras, cada una del tamaño de una birome. Su cuerpo en general no era grande y no tenía necesidad de serlo. Vigilaba de cerca a los que entraban, tratando de reconocer de antemano a los que eran como él, guerreros. Miró a Sebas, a Pablo y después a mí. Miró más allá de mis ojos y creyó ver todo. Pero estaba bien, siempre era así.
El piso vibraba, las luces disparaban dardos blancos hacia cualquier lado. La gente mantenía su anonimato en el baile, sin dejar de moverse. Entramos despacio, como pudimos, ya que muchos habían abandonado las pistas para bailar en los pasillos. Mis amigos se enderezaron, dejaron de hablar. Nos separamos un poco para inspeccionar la zona. El ruido crecía, o al menos daba esa impresión, al reventar los oídos. La música trepaba por las piernas, sacudía el esqueleto antes de chuparnos el cerebro. Los músculos se me tensaron, en las piernas, en los brazos. El cuello se me petrificaba y los tendones en punta me perforaron el cráneo. Eso nada tenía que ver con la música, era yo, que empezaba a liberarme con ese suave sacudón interno, en un arrumaco de furia mimosa. Me estaba preparando bajo el desorden de luces estroboscópicas.
Las caras de la gente, con tanto barullo, se convirtieron en máscaras. Todo era una masa multicolor en la pista, salvo las ropas blancas, buchoneadas por la luz violeta. Caminaban remeras y camisas solas, dentaduras sonrientes nadaban en el espacio. Recorrí la pista y los alrededores, pispeando cada grupo. El ambiente era diverso, había en general nenas de buena cuna y algunas mucamas apetitosas. Todas sin excepción querían alcanzar el punto máximo del cuerpo, el delirante cruce de caminos entre belleza, juventud y ganas de ser la única mujer. ¡Y cuánta dedicación le ponían!
Un grupo de cancheros de media sonrisa trataban de entablar alguna clase de contacto con tres perras que no por casualidad copaban media pista. El despliegue de belleza era tal que las demás minas arrugaban dejándoles espacio. Me quedé por ahí. Cayó una luz y jugueteó en círculos. La gente, por vergüenza o miedo, se corrió hacia los costados, evitando publicidad. Las tres minas, sabiendo que tenían producto de sobra para la tanda, comenzaron a bailar lentamente, como si un gran público les hubiera insistido para hacer su acto. El grupo de pretendientes, entorpecidos, obligados al segundo plano, se esfumaron de la luz, mirando de reojo a ver si se notaba su derrota. Las chicas entonaron y se movieron muy bien. Yo ya había elegido la mía.
Me acerqué despacio y me ubiqué en el primer escalón antes de bajar a la pista, a unos metros de ella. Era una tremenda yegua, pura sensualidad y mentira; temible combinación, como para enloquecer al pito más orgulloso. Y la puta lo sabía muy bien, debía ser la única cosa en el mundo de la cual estaría segura. Su cara de rasgos perfectos, blanqueada con la más suave frialdad, se definía con tan pocas dudas como un cielo despejado. Eran sus ojos los que la hacían sobresalir, redondeando esa obrita de arte carnosa, firmada por el malicioso azar de la naturaleza; muy azules, concéntricos, de largo fondo, no miraban a nadie, vivían por sí mismos. Su nula dueña no necesitaba enfatizar ni darles gracia, solitos encandilaban plenamente el presente y futuro de quién los mirara. El pelo salvaje, malcriado, le caía en pedazos sobre los hombros y seguía hasta rasparle la espalda como un péndulo. Su cuello, delicado a varios metros, se ensamblaba fibroso en su pecho. Ahí dos tetas mayúsculas, tridimensionales, apetitosas como para apagar con baba el mismo infierno se amordazaban en un escote ajustado. Esa imagen podía lograr la absoluta impotencia masculina, pasión y muerte de la verga universal. En muchos hombres los cuerpos increíbles no alientan sino que anulan. Hay tanto que abarcar, tanto que mirar y manosear que la cordura se pierde, la calentura se disuelve en una flaccidez taciturna, la cabeza se ahoga en una saliva de lamentos. Su cintura -su cuerpo era demasiado como para no describirlo entero- se afinaba en la base y pegaba una curva peligrosa remarcando el arranque de la mejor cola del boliche, un santuario esculpido para que le rezaran todos, verdadero orto pagano. Pegada a la piel tenía unas calzas que sólo a ella le podían quedar bien. Su culo estaba esculpido no en piedra o en mármol sino en hielo, hielo extraído de las cumbres más altas y peligrosas del globo, transparente, olímpico. Debía ser de una cumbre inescalable, claro, sólo se podía imaginar la materia de un orto así forjada en un pico hundido en la noche y el frío, con los alrededores llenos de montañistas muertos, azulados por el congelamiento, donde el alma humana no pudiera llegar sin pagar tributo con la vida. Tan sublime era. Sus piernas resumían el genial concepto de semejante envase. La mina, a pesar de estar algo en pedo, bailaba inspirada. Usaba las caderas y hacía dar vueltitas a la cintura mientras juntaba y flexionaba las rodillas.
Sentí que me palmeaban la espalda. Eran Pablo y Sebas.
- ¡Esto me pone mal, loco, me tira para abajo…! ¡Mirá lo que es eso! ¿De dónde mierda la sacaron a esa mina? ¿Cómo te cogés a una puta así?
Pablo se rio. Sebas insistió con otra queja que se llevó la música. Los dos se quedaron mirándola fijamente. Ya no se reían, succionaban las violentas líneas de ese lomo desesperante, siguiendo cada vaivén con los ojos inyectados en una sangre lechosa. Cuando en el hombre la pija toma el mando las cosas se vuelven primarias. Y no es que la pija no piense como se dice por ahí, piensa y es sabia, sabe que todo en este mundo es efímero y que únicamente el sexo da satisfacción. Los hombres tendrían que escuchar mejor al cabezón, que hasta tiene una boquita tallada en la punta que puede hablar y hacer revelaciones. Pero en este caso, ¿qué podía hacer más que alentar a la hinchada?
Yo estaba seguro que los tarados de mis amigos, si tuvieran la oportunidad asegurada de salir impunes, arremeterían contra esa puta y no para violarla solamente sino para humillarla, vejarla, dejarla reducida a la cosa más chiquita y servil, y demostrarle que tanta provocación y belleza se tiene que pagar caro. El macho en el fondo es poca cosa, y la aparente forma pétrea de su pija, así como la fuerza de sus músculos, son un verso para enganchar giles. En realidad todos los hombres, los respetables sobre todo, los que se casan y tienen hijos y después les sonríen a sus nietos, hubieran hecho lo mismo con esta reina de la pista. Especialmente esos, a los que el destino amable dota de una mujercita querible y leal. ¡Qué venganza deliciosa hubiera sido para esos nabos destrozar una mina así, qué gran cierre al círculo terrible de lo establecido! Esto, sin lugar a dudas, es pensar con la pija, y ahí hay una filosofía: el resultado de reducir el misterio universal a un tajo soberbio.
Pablo y Sebas optaron por rajar al patio a respirar aire fresco. Yo volví mi atención a la yegua. Había empeorado; con lentos movimientos de arriba hacia abajo arqueaba la espalda hacia atrás, sacudiendo los pelos alrededor de los hombros, como si estuviera sentada sobre la pija de alguien. La miré fijo, cerciorándome de estar oculto por el ruido y la muchedumbre. La chica siguió un rato hasta que en un momento levantó la vista. No para ver si sus amigas estaban cerca, nada le podía importar menos, sino para rematar su acto, para regalar una mirada extraviada y fulminar a algún pobre diablo. El revoleo de sus ojos imitaba al del ramo en los casamientos, salvo que acá se trataba de esperanza para los hombres, que sostenían sus boquitas en O, ansiosos como treintañeras solteras. Pero a la perra le salió mal el juego. Cuando miró hacia delante se topó con mis ojos clavados en los suyos y se desorientó, no esperaba algo tan directo. Volvió al piso y miró por segunda vez, prevenida, lista para demostrar quién mandaba, y ahí la miré con un desdén medio sesgado. Le impuse mi cuerpo, erecto, inmóvil y pisó el palito. Creyendo que disparaba un menjunje letal de histeria retomó al ataque y esta vez me vio de frente. Se debilitó, olvidándose de su actuación, se hizo de pronto mundana y curiosa. Entrecerré los ojos, canchereando con clase y me alejé hacia la barra. Compré tres tequilas, trampeados con pisco y jugo de limón de botella. Como buen amigo los repartí con Pablo y Sebas. Ayudaba a que se emborracharan mejor pero no tanto para tener que cargarlos. Me agradecieron medio rasposos, lastimados de tanto fracaso a los gritos. En los boliches el que no gana pierde la dignidad y después la voz. Me quedé un rato con ellos, escuchando que dos minas los habían histeriqueado durante una hora para nada. En Buenos Aires nadie escapa al histeriqueo. La histeria encuentra adeptos en donde sea, en chicos y chicas de buena salud que no se atreven más que a mirarse a sí mismos, que caminan por los bordes sin tocar nunca el centro. El centro es sufrimiento. Luego de cierta edad nadie puede ocultarlo, y se afloja la careta mostrando una vejez joven, inevitable, igual que un leproso muestra sus pústulas de apestosa crema pastelera al primer doctor que lo examina.
La bronca de Sebas se expandía en preguntas esenciales: ¿por qué habiendo tantos hombres y mujeres nadie debía tocarse? ¿Acaso el roce no es un comienzo, tanto de un fato sin gloria como de un romance? ¿Qué había de complicado en eso? El chabón contó que su leche terminaba siempre en el agua del inodoro. Un poeta, a pesar de todo. Pablo y Sebas pedían algo justo. Los dos tenían su facha, eran razonablemente idiotas como para ser aceptados en cualquier lugar, y aun así tenían problemas. Terminaron pidiendo otros dos tragos, movilizados a conseguir algo, aunque fuera una seguidilla de vómitos y un desayuno con gusto a bilis. Me quedé con ellos. Llegado el caso se acordarían de que anduvimos juntos. Si llegaba el caso, cosa que nunca pasaba.
Al rato volví a yirar. Caminé hacia delante, fijando la vista, y al final se dio. Apareció por la mano contraria (había dos carriles improvisados), apretada por un grupo de admiradores a los que no les importaba ocultar su ansiedad. Le rogaban por su atención, le llenaban el oído de piropos. La mina, cansada, tironeaba para sacárselos de encima. Los ojos le brillaban hermosos, inundados. Había ingerido demasiado alcohol, se notaba que su hígado no lo asimilaba bien. Me paré frente a ella, con suavidad. La fila se detuvo bruscamente y nadie se dio cuenta de que fue por mí. La yegua levantó la vista ofendida. Me reconoció y otra vez reaccionó tarde, la recibí con ojos firmes. Aproveché su instante de desconcierto. Le hice un gesto despectivo y cómplice y seguí andando; antes le rocé el hombro con mi cuerpo inflexible. Hubo unos relampaguitos eróticos entre nosotros y acusó recibo. La fila continuó hacia ninguna parte, me separé. Fui a la barra a hacer reposar el vaso de falso tequila.
En menos de cinco minutos la perra y sus amigas se colaron en la barra de la forma en que sólo las minas lindas pueden hacerlo, con el interesado permiso de unos chicos que hasta hacía un segundo se apoyaban en la barra contentos de haberla alcanzado a pleno. Todo sea por una posibilidad. Los chabones se corrieron esperando alguna clase de gratificación. Uno preguntó algo que ninguna se tomó el trabajo de contestar. En tal quilombo escuchar era más buena voluntad que otra cosa y no había nada de eso. Los chicos, prácticos, desaparecieron. Las tres Magdalenas se pusieron a parlotear como locas y a contonearse, para el nerviosismo de la concurrencia. Las otras dos lo hacían normalmente, desplegaban su oficio, pero mi puta hacía dinamitar la carne. Me miraba de a ratos, marcando el terreno. Era cantado que no le había dicho nada a sus amigas sobre mí. Debía ser muy orgullosa y yo la había desafiado. Eso era bueno. Durante el rato que estuvieron molestando en la barra no la miré ni una vez pero le hice sentir que sabía que estaba ahí. Jueguitos idiotas, necesarios. A la mina le molestaba terriblemente mi actitud y a la vez no podía parar de mostrarse. Una de las amigas vio algo o a alguien y se fue, la otra hizo lo mismo. Mi perra se quedó descolocada, con una frase a la mitad, boca abierta. Humillación total, ni sus propias amigas la cubrían. Me deslicé en el acto, rozándola. Agaché la cabeza hasta sentir el calor de su oreja.
- Te espero en la esquina, cuando tus amigas y mis amigos se vayan. ¿Y sabés qué, linda? No tomés más alcohol, que te quiero bien despierta. Después te invito a desayunar.
No esperé respuesta. Iniciar un diálogo hubiera sido fatal por varias razones. Me alejé presionando la viscosidad de la gente. Por un espejo ubicado en la pared opuesta vi a la perra girar hacia mí, furiosa. O más bien, domada. Se corrió violentamente de la barra, empujando a un pibe que le sonreía, borracho. Se perdió en la pista. Ya la tenía.

A las cinco muchos empezaron a irse. Sebas y Pablo se mantenían en pie, aunque el lastre de sus bebidas los atraía hacia el piso. Venía a ser su momento existencialista; ojos diluidos, perdidos dentro de su propio eje, sueño pesado y otra noche vacía detrás. Enfilamos hacia la salida. El humo de cigarrillo y el sudor de los cuerpos llegaron a un punto de saturación. Vahos gélidos se colaban por la puerta abierta del boliche dejando surcos en el aire sofocado. Miré hasta donde pude, no la vi.
La noche se había retorcido junto con el frío en una densa maraña, caían de todas partes en un caracol sin asidero a nada. El vapor de las bocas tiernizadas por el alcohol se expandía en halos neblinosos alrededor de las cabezas. Eran los santos vulgares de las discos. Pablo y Sebas se reían como locos por un chiste. Quisieron contármelo y aunque se los festejé no entendí una palabra. Mientras hablaban yo relojeaba la vereda, la avenida, la esquina. La gente se dispersaba y ella no venía. Tampoco era cosa que apareciera frente a mis amigos o ahí terminaría el asunto. Si sus amigas me veían a mí, lo mismo. Pasaron unos minutos, me despedí de Pablo y Sebastián. Uno se iba a dormir a la casa del otro, me invitaron pero dije que me cortaba solo. Nos separamos, caminé unos pasos, prendí un cigarrillo. Yo no fumaba pero tenía que llevarlos encima como parte del equipo. Si un tipo se para a fumar es sólo un tipo que fuma pero si se para a mirar puede ser muchas cosas.
Salió con sus amigas. Se quedaron las tres en la puerta, mostrándose por última vez. Mi puta estaba más borracha, se movía con ese ritmo maníaco-depresivo del que se intoxicó demasiado. Las otras no andaban mejor pero frente a ésta adoptaban un segundo plano, en la seducción y en la borrachera. Liderazgo entre víboras. Pensé que la yegua ésa debería tener mucha guita, si hubiera sido al revés las otras dos podrían haber tenido aunque fuese un motivo para denigrarla, pero por la pinta, por su seguridad y su caprichoso desprecio hacia todo parecía que llevaba las de ganar. Hermosa, rica, de cuna dorada y nutritiva encaraba la vida con la misma prepotencia con la que había aceptado su destino de facilidades. La riqueza es un buen jarabe para tragarse el mundo a la vuelta de la esquina, no hay nada que no se pueda atacar y denigrar sin quedar mal o en actitud de envidia. Lo único que los integrantes de esa comunidad dejan al resto de la gente son sus desperdicios, sus soretes, que muchos recogen como si fueran ofrendas. Cualquier parámetro de cualquier cosa que la gente haga se compara con el de los ricos. A ellos no les ocurren cosas, las hacen ocurrir. El opuesto es la realidad, que acarrea un sentido de cosa imbatible porque se inventó para los pobres, la clase media y otros residuos. Definitivamente, realidad es un término para perdedores.
Las tres arpías charlaron a voz ronca hasta que las amigas abandonaron a la cabecilla y se subieron a un taxi. Eso confirmó que no había abierto la boca sobre mí, por lo que esa noche, congelada pero no distinta de otras, iba a continuar hasta el final. Hacía bastante que no se me daba una situación tan servida. Caminó hacia mí. Intentó otro jueguito de seducción, onda me ves, te veo y la verdad es que yo estaba un poco harto. Era necesario rajar de la iluminada avenida Córdoba. Fui hasta la esquina y doblé por la indiferencia de Mario Bravo. Las sombras roñosas, las casas, los departamentos formaban un empaste difícil de separar. Me paré junto a un árbol, tiré el cigarrillo y cuando lo apagaba con el pie apareció la princesa. Vino directo, por suerte abandonando cualquier intento de histeria. A pesar de su cara de tonta natural, que atentaba contra los rasgos de belleza sublime (como si fuera un regalo que no mereciera), no dejaba de ser una flor de yegua ni de seducir. Sonrió, amagando caer sobre mí, pero cuando vio que no iba a atajarla se irguió enseguida, molesta. Levantó la vista. Sus ojos dieron un par de vueltas antes de enfocarme, padeciendo el ritmo espeso del alcohol. El color azul mantenía transparencia incluso en la oscuridad, como si detrás no hubiera una cuenca y un cráneo sino un agujero a un cielo siempre de día. Como no podía ser de otra manera la voz la delató. El tono aconchetado, sus palabras chillonas y huecas la convirtieron inmediatamente en un mamotreto. Es que tener onda no viene puesto, como las tetas o el color de ojos, sensibilizar las palabras se da a partir de sentir al mundo y no tiene nada que ver con ser poeta. Esos aislados que se dicen poetas sólo se miran el ombligo, al final todo les resulta demasiado grande. Las palabras embellecen al mundo sólo si uno se clava con uñas y dientes a él, mezclándose con su veneno.
- ¿Sabés que sos un hijo de puta? –dijo riéndose- ¿Sabés que justo el día que me peleo con mi novio me encuentro con un bombón como vos? No es justo. ¿Te parece justo? ¿Eh? Malo. Sos malo… me voy dando cuenta.
No había dicho nada y ya estaba regalada. Le acaricié la cara. Debajo de la piel percudida por el frío la carne se mantenía dulce al contacto.
- Si existe un tipo que se pueda pelear con vos es porque está enfermo.
Sonrió, el obvio halago había entrado con vaselina. Quería más.
- Las chicas como vos no pueden andar solas… Mirá esta noche, tan fría, tan oscura, ¿cómo te pudieron dejar sola? Si vos fueras mi novia ni loco te dejo salir. Ni a comprar cigarrillos te dejo.
Rozó mi pecho, cuidándose de apoyarse.
- Mi novio se equivoca todo el tiempo. Susurró, mostrando que la alta opinión sobre sí misma hacía que cualquier piropo fuera obligadamente cierto.
- Claro. Las diosas nunca bajan del cielo, es al revés, los de acá tratamos de subir.
Hice el clásico movimiento publicitario de levantarle el mentón. Me miró con ganas, a través de la neblina etílica. Me apoyó las tetas mientras ponía cara de nena conflictuada. Refregó las dos masas tibias lentamente. Tenía que atacar, con esas idiotas demasiados piropos juegan en contra. Y no estaba seguro si había entendido la frase de las diosas que no bajan. Me adelanté y le di un beso. Uno largo, al vacío, de esos que se enroscan despacio gracias a la saliva lubricante. Ubiqué bien mi cabeza y le hice separar los labios, le revolví la boca, lamiendo su lengua, sus dientes, absorbiendo su baba caliente. Ella gimió, sorprendida. Quizás nunca le habían dado un beso de verdad, que no es más que puesta en escena. No puse cariño, entre extraños eso enfría la calentura. Me separé y empecé a decirle cosas al oído, remarcando las frases con mis manos, que la recorrían entera. Al principio con dedos no muy íntimos, hasta reticentes, después con un leve arranque de pasión. La demagogia funcionó, le saqué una serie de gemidos. Me escuchaba con la cabeza hacia atrás, largando suspiros de placer mezclados con una pésima actuación de arrepentimiento por su novio. ¡Qué juego tan antiguo el del novio en conflicto! Un cuento de tramposas que sale a la luz a los cinco minutos de conocer a un tipo. Claro, hay que admitir que de entrada marca el tempo de la nueva relación, seguramente breve. “Me encantaría estar con vos, pasa que mi novio…” y ahí comienza la perorata de amor trágico, mal armada y aburrida como para dormir a un insomne crónico. En general el tipo que conocen, que con el tiempo se convierte en muchos tipos, tiene dos opciones: dice a todo que sí y se la garcha y la deja, o como un verdadero boludo se propone conquistar a la mujer sufriente. En esas minas el asunto del novio es un comodín, cuando se hartan o no encuentran más placer en martirizar al tarado de turno meten la carta: vuelvo con mi novio, no puedo olvidarme de él, con él construí muchas cosas, etc.
Esta mina gozaba mejor del sexo con el fantasma del novio que con él en persona. La calentaba el gustito de la infidelidad casual, y hasta se lo debería imaginar esperándola en su casa, en el umbral de la puerta, desnudo, con el pitito entre las manos, preguntándole donde había estado. Para ella yo era nada, apenas un instrumento, un consolador gigante que después usaría para metérselo en el orto al novio inseguro. De alguna manera éramos tres transando. Quizás hasta terminaría contándole lo que había hecho conmigo, le pediría perdón llorando, diciendo que lo quería mucho, a él y a su pito de plastilina.
- ¡Ay, como me ponés! ¡Malo, malo! ¡Ay, ay…! ¡Ahhh!
Yo no paraba de criticar al novio y eso la puso al rojo vivo. Mis manos, mis besos tenían que tener gusto a pecado o no pasaría un carajo. Seguí adentrándome en sus zonas, esperando turno, porque hasta ahora se dejaba pero no hacía. Cuando terminó su gemido más largo me agarró de la cintura y empezó a mover las uñas por mi espalda. Después bajó y me manoteó la verga con ese saludo frontal de las que la conocen bien. Hubo gemidos, frases entrecortadas, le dije que me volvía loco y que quería pasar la noche con ella. Como estaba siendo explícito la manoseé con mayor dedicación para que no se enfriase, acoté que su novio no tenía que enterarse, que ella era libre de hacer lo que quisiera. No hizo falta más. Le metí la mano por debajo del top, adueñándome de esas tetas. El calor de esos globos equilibró la madrugada. Bajé una mano a acariciar su concha de lycra, que aunque ajustada insinuaba unos labios generosos. Cuando la cosa se inflamó la largué medio a lo bruto.
- Vayamos a un telo.
No puso inconvenientes. La idea le parecía suficientemente traidora, y por cierto que la concha le ardía. Nos dimos un beso violento y caminamos de la mano por Mario Bravo, doblando por una calle y después por otra hasta llegar a un telo piojoso que hay por ahí cerca, poco concurrido. Durante el trayecto, la yegua, que se llamaba Bernarda, hizo una pila de comentarios acerca de su situación personal. A su familia, su viejo en especial, le gustaba aquel chico, su novio. Tenía plata y no cuestionaba ni siquiera los nombres que le pondrían a sus hijos ¡elegidos por el futuro abuelo! Su viejo, dejó intuir, era un verdadero castrador, milico de la marina, con mucha guita y exigente con sus hijos. Bernarda adoraba al Capitán retirado aunque le tenía miedo. Aclaró que sus dos amigas eran unas turras desleales, que en vez de acompañarla en un momento tan difícil se habían pasado la noche chusmeando, dejándola de lado.
- Vos parece que me entendés, ¿no...? Mi novio –empezó de nuevo- no me entiende... ¡compartimos tanto! Un viaje a Europa, a Estados Unidos... papá nos regaló un departamento para irnos a vivir cuando nos casemos en noviembre. Es un tipo bárbaro pero yo siento que no me entiende. Lo miro y... no sé, estoy mal... salí con otros chicos últimamente, lo confieso, pero no de guacha, es que me siento perdida... él no quiere hablar, no acepta que estemos mal… en la Facu hay unos chicos que me tiran onda siempre, y cuando Fede me va a buscar se pone re-celoso. Yo le digo que no pasa nada ¡pero es un inseguro…!
Noté que le estaba apretando la mano demasiado fuerte. Aflojé y clausuré mis oídos hasta llegar al telo. Su cháchara imbécil me saturaba a mí, al frío, al silencio, a la misma noche. Y se puso peor. Tantas idioteces tiró abajo la de por sí inestable armonía de las cosas. Sin piedad, Bernarda siguió enumerando las injusticias de su vida de juguete.
Un cartelito rojo y lúgubre anunciaba la playa privada, un baldío de cemento para dos o tres coches. Unos arbustos polvorientos trataban de tapar la carcomida entrada, falsa imitación de biombo pudoroso. La vista de este telo para pobres hizo cagar de risa a Bernarda y se olvidó de su tragedia. La deformación miserable de su idea de telo la calentó más. Coger en un telo berreta, dijo, le daba un toque especial que la hacía mojarse de antemano.
- Mi papucho me dijo que si alguna vez se llega a enterar que entré a un telo me mata. Dice que son para putas… ¡Mirá si me viera ahora con vos!
- ¿Hablás de tu novio o de tu papá?
- ¡De papá! Si me viera acá me asesina.
- Naaa, se prendería en la fiesta, seguro.
Bernarda se carcajeó. Jugando conmigo mismo dije en voz baja, sin que escuchara:
- Esperá que te vea en un rato.
Es divertido largar estas frases. Si la gente no fuese tan egoísta y escuchara a los demás podría vivir más tiempo, hasta podría aprender. Pero están tan enamorados de sí mismos y de sus discursos que a nadie le importa lo que diga el otro. Si Bernarda hubiese escuchado habría rajado enseguida, y todavía andaría intoxicando a los hombres con su físico de diosa enfurecida. En vez prefirió mirarse el ombligo y atender sus ocultos deseos de suicidio. Porque que te mate otro tan fácilmente es suicidio encubierto.
Entramos al telo. Bernarda siguió divirtiéndose con su decadencia y repitió que nunca había ido a uno tan de negros. Señaló una estatua de yeso que trataba de representar a una mina en pose erótica. Tenía un chicle pegado en la concha. Me acerqué al mostrador haciéndome tiempo para fichar el lugar. El vidrio oscuro no dejaba ver mucho pero distinguí que el cuartucho del empleado no era grande. Lo importante era que no estuviera conectado a otro cuarto o una salida. El empleado, un gordo, jadeaba su presión alta en cada frase y no terminaba de ajustarse a su incomodidad corporal. Se hamacaba estando parado, quizás porque sus piernas no eran fuertes para sostener el peso. Estaba aburrido, aburrido de ver tantas parejas cogiendo en tandas, aburrido de imaginar lo que pasaba en esos cuartos, aburrido de la sistematización. Había desenchufado el cable a tierra y vegetaba como un eunuco en ese pozo ciego de cabina. Los empleados de los telos, sobre todo de los truchos, se aferran al extravío (como ciertos colectiveros), y su tono confidencial no es por ambientación gerencial sino por el tedio que les trepa de las bolas muertas a la cabeza embotada por el sueño, coaccionada por un pestilente aliento a café. El gordo me pasó la llave de la suite pero yo necesitaba ver mejor. Di vuelta a la ventanilla, enfilando por un pasillo equivocado, y pispeé por la puerta entreabierta de la cabina. Había una silla, controles primitivos, un monitor blanco y negro y el susodicho gordo fastidiado, que me corrigió el camino al segundo piso. Hay que decir que el tipo, por más trituradas que tuviera las fantasías, no pudo evitar admirar el cuerpo de Bernarda.
La yegua ni esperó a salir del ascensor, se me tiró encima manoteando el órgano y como si jurase sobre una biblia me pidió que se la metiera cuantas veces quisiera y por donde quisiera. Con besos o sin besos, le daba igual. Entramos al cuarto, una catacumba con olor a desinfectante de baño público. Bernarda no prestó atención a la decoración, que la habría divertido también, y se tiró en la cama. Rebotó un par de veces, burlándose de los resortes. La roña marcaba el paso ahí adentro y lo demás seguía el ritmo, regando el espacio de polvo. La única mesa y su sillón estaban salpicados de semen fosilizado, con dedos y manos impresos en redondeles de escarcha blanca. Las sábanas de la cama tenían manchas lavadas y vueltas a lavar mil veces, unos agujeros expandían sus carcajadas hacia la alfombra raída. A los costados sobresalían unas mesitas de imitación mármol, con un preservativo berreta de regalo. Bernarda puso luces fuertes. No quería dejar dudas del pecado que iba a cometer. Dijo que no pensaba prender la tele, que para calentarme estaba ella, más linda que cualquier actriz porno.
- ¡Voy a ser tu actriz porno y voy a hacer lo que ellas nunca hacen, me voy a tomar toda tu leche! ¿Viste que en las porno nunca se la tragan? No les pagarán tanto, dice una amiga. ¡Hacen buches y después la escupen! Yo hoy me la tomo toda, te lo juro.
Se sacó la ropa con una precisión que por su borrachera pensé que no tendría. Me dijo que mirara. En segundos quedó desnuda, acostada boca abajo, mirándome mientras respingaba la cola y se agarraba de las sábanas. Se chupó un dedo, llenándolo de saliva y se toqueteó el clítoris y la tierna entrada a su culo espectacular. A pesar de la vulgaridad la gloria de su cuerpo trascendía fronteras, su propia carne no le pertenecía, era el legado de algo muy antiguo, y su sentido era un misterio que sólo podría develarse a pijazos. Si cada hombre tuviera eso en su cama el mundo sería fraternidad y alegría. Por una o dos noches al menos.
Me senté y le acaricié la espalda. Cerró los ojos y se movió, largó un maullido, señalándole el camino a mis dedos. Llegué a la cola y le estrujé los cachetes firmes y suaves. Se ofreció y levantó el culo. Di la vuelta hasta su concha y empecé a jugar, rozando la parte más tierna. Se mojó en seguida y trató de que le metiera un dedo pero no lo hice. Se puso loca y quiso obligarme a que le metiera la mano adentro. La sangre me fluía hervida por todos lados, raspaba las paredes de las arterias como si fueran cartón mojado. Bernarda me sacó la ropa, jadeando mientras yo la manoseaba estratégicamente. El flujo le chorreaba. Se lo pasé por la cara y lo usé como lubricante para meterle un dedo en el orto. Me desnudé y la tironeé de los pelos, cosa que le gustó. Le di un beso fuerte y seco. Me agarró la nuca con las dos manos y me roció la cara con su aliento húmedo. La puse debajo mío. Gemía, perdiéndose en el hueco de la calentura. Los párpados le temblaban, el sudor de la frente le entraba en las conjuntivas, apenas podía abrir los ojos. La llené de besos, y aunque quería sólo pija le encantó. La tiré del pelo hacia atrás más fuerte que antes, y con los dedos a manera de tenazas le abrí la boca. Juntando saliva le escupí adentro. Se puso loca. Tragó y lo volvió a sacar con un agregado de saliva recalentada. Se escupió en la mano y me pajeó como desaforada. Interrumpía de vez en cuando y me la chupaba, tragándosela. Al rato la corrí de un tirón, la tiré sobre la cama y se la enterré hasta el fondo mientras ella dejaba escapar un oooohhhh aterciopelado. Me puse a bombear durante varios minutos, sacudiéndole el cuerpo a cada envión. Gritó, pidiendo pija la noche entera. Sin interrumpir el beso que nos estábamos dando endurecí los engranajes de la mandíbula y le mordí con toda la fuerza el labio inferior. Se me llenó la boca de sangre. Los dientes de arriba casi tocaron los de abajo. Su grito salió a medias, sin lugar para expanderse. Despacio, tiré en seco, atenazando sus brazos con mis manos. Su labio se fue separando hasta quedar colgando de mis dientes. Un chorro de sangre me saltó a la cara.
Ahí Bernarda hizo el resumen en un segundo y comprendió que no iba a salir viva de ese cuartucho. El acorralamiento frente a la muerte le hace brotar instintos al más lelo. Le anudé la garganta con una mano y apreté hasta no oír nada. Su cara se inflamó, roja, después violeta. La di vuelta de un movimiento y le hundí la jeta en la almohada. Le clavé un piñazo en la espalda, tan fuerte que habría necesitado media hora para atraer una mínima bocanada de aire a sus pulmones. Le separé las piernas y usando como vaselina la sangre y baba que le chorreaba de la boca le metí la punta de mis cinco dedos en el orto. Buscando un final, entraron agresivos. Se secaron al rozar los bordes del agujero y laceraron la carne. Bernarda lloró contra la almohada, regando su sangre por la tela. Clavé fuerte y su culo se comió mi mano entera. Revolví, haciendo reventar la deliciosa entrada, revolucionando ese intestino estilizado, la puerta al verdadero corazón de Bernarda, al verdadero corazón de todo el mundo, a esa mierda tibia y sensible que alimenta los espíritus. Saqué la mano, cubierta de sangre y de una caca que no tocaría el agua de ningún inodoro. Le hundí una trompada en el estómago y aprovechando su falta de aire la levanté y la sostuve de los pelos. La sangre le bañaba las tetas y parte de su hermosa pancita. Su cara estaba irreconocible. Los dientes inferiores, sin labio, le daban un aspecto de calavera, aunque lo que la desfiguraba mejor era el horror en sus ojos. Si los ojos no acusan muerte no hay terror real. Bernarda los hacía saltar, latían tensos, como un trapecista a punto de resbalarse. Me miraban a mí y mucho más allá, hacia el santuario de nada que la esperaba a la vuelta de esos últimos minutos. Le doblé el brazo, y con toda la fuerza de mi cuerpo le di la cara contra la mesita que había junto a la cama. Dio de lleno; los dientes superiores se quebraron, retorciéndose en las encías. Saltaron tintineando alrededor del preservativo de regalo. El mármol falso cedió, zafándose de la pared. La levanté y volví a golpearla contra la mesa. Esta vez lanzó un baldazo de sangre. Me incorporé, sosteniéndola. Unos garg-garg ahogados le brotaron de la garganta, sin fuerza para escándalos. La arrastré hasta el baño, me ubiqué detrás suyo y la hice mirarse al espejo. Sus ojos, hermosos a pesar de la vivisección, se vieron a sí mismos. Los fragmentos de expresión azul se replegaban para escapar, para no tomar como propia esa visión de Bernarda desguasada, hecha monstruo. Lloriqueó desde las profundidades. En el temblequeo se le cayeron unos dientes que todavía le colgaban de las encías, rebotando musicalmente sobre los mosaicos. Se veía morir en la desfiguración. Cada uno hace adoptar a la muerte la cara que quiera. Bernarda aceptaba que tenía que morir porque su destrucción física significaba morir. ¿Qué mundo podía conquistar así? ¿Qué podía robarle a los otros siendo un bagayo recauchutado?
Le separé las piernas a patadas y se la metí otra vez. A cada movimiento la levantaba en el aire y ella se abría hasta hacer rebotar el fondo de su concha contra la punta de mi pija. Su cabeza resbaló contra el espejo, dejando una estela de sangre de círculos lentos y desparejos. Acabé y la llené de leche caliente, una cálida temperatura que Bernarda estaba lejos de apreciar. Le apreté la carne de la espalda, de las tetas y de las gambas y por un segundo creí saber de qué estaba hecha. Pero fue un segundo, después sólo tuve una moribunda entre los brazos. Le rodeé el cuello, ajusté el brazo alrededor y con el otro brazo la agarré de la frente haciendo mucha fuerza hasta que las vértebras tosieron en un crac y su cabeza bailó como de recién nacido. Se desinfló en un último gemido, creo que agradecida. La solté, o lo solté, definir el género de un cadáver es complicado. En el caso particular de Bernarda podía llamársele como a la parte sabrosa de las vacas, estén vivas o muertas: lomo, término que celebra el sabor de la carne tiernísima y la delicia de una buena mujer.
Bernarda desagotó un poco más de sangre. Quedó boca abajo, en un póstumo deseo de ocultar su deformidad al mundo. Fue su único detalle existencialista, y seguro no sería apreciado por los peritos forenses que en pocas horas estarían manoseando su cadáver y sacándole fotos a su belleza tirada al olvido. Me miré en el espejo. Mis ojos se esfumaban en blancos de sangre, una telaraña de venitas explotadas copaban el globo ocular. Me pregunté porqué no había visto todo rojo. Quizá lo rojo de Bernarda había opacado el mío, era como si mi cuerpo quisiese contribuir también con algo de sangre y muerte. Me vestí escuchando con atención. Exceptuando los gritos normales de telo había silencio. El terror de Bernarda, si se escuchó, se confundió con placer. Si es que hay diferencia entre una cosa y otra.
Bajé por la escalera. Eché una rápida mirada al pasillo de la planta baja, usando la cantidad de espejos que zigzagueaban la imagen refractada de la cabina. Saqué mi navaja del pantalón. Estaba el gordo solo, no me vio venir. Cuando entré a la cabina se sobresaltó un poco. Estaba por indicarme otra vez el camino correcto cuando le enterré la navaja en la garganta, hasta el mango. La carne acuosa, inflada de grasa, deglutió el filo. Tan tierna estaba que podría haber introducido un corcho y hubiera sido igual. El gordo osciló a sacudones entre la vida y la muerte, sin decidirse. La sangre cayó recta sobre su camisa blanca, bifurcándose desde el pecho en arroyos separados por la busarda prominente. Hice un movimiento de abrelatas, llevando el corte del cuello hacia la nuca, mientras lo sostenía con un brazo. Los párpados le titilaron como una lamparita antes de quemarse. Cayó pecheando al estilo Bernarda. Una única mancha de sangre se estiró hasta tocar los zócalos de la cabina. Todos los partidos de fútbol, las discusiones con su mujer, su sueldo mínimo, sus quejas por el gobierno salieron a enfriarse al piso. Levanté la vista, nadie. Ni siquiera me había manchado la mano, apenas la punta de los dedos. Si a la gente no le causara tanta curiosidad los cadáveres, Bernarda y el gordo podrían haberse quedado en el telo para siempre como parte de la escenografía. En nada cambiaría las cosas y el aire de trampa de los albergues hasta podría cobrar seriedad con unos fiambres adentro, mezclándose con el de las parejas que hieden a sexo. Habría que hacer la prueba de no bañarse después de un garche salvaje, quizás al cabo de unos meses la baranda de los vivos tenga el mismo olor a podrido que la de los muertos.
En la calle la helada del amanecer surgía de a pedacitos, sin que perforara del todo. El sol tardaría el doble en salir, tímido, fláccido, con ese aire a desocupado hambriento que tiene la estrella en invierno. Sus rayos de tubo, limosna amarilla, poco harían frente a la verborragia del frío. Quizá de haber nieve en Buenos Aires se podrían emparchar los agujeros existenciales de la gente. Los árboles de la calle, en esta indecisión, se sostienen arqueados en su savia petrificada, sufriendo la escasez de motosierras. Las plazas públicas marcan el estado de las cosas con su decoloración progresiva, donde jardineros fantasmas riegan lo amarillo sin que nunca se convierta en pasto. Respiré hondo. Había algo vital en el aire, después de todo, quizás la vida que robamos de alrededor cuando respiramos, o la de los que mueren, que queda flotando y comemos a mordiscones. Como en un pingüino empetrolado, debajo del hollín hay vida que se retuerce y no se entrega.
Recorrí calles al azar, Cabrera, Gascón, Nicaragua, Malabia. No me crucé con nadie, salvo algún ciruja semi-podrido en la entrada de un edificio. Llegué a Santa Fe, seguí por Coronel Díaz. Un grupo de pendejos de no más de dieciséis años tomaba cerveza en un escalón del shopping. Me desafiaron con la mirada. Eran inofensivos pero el resentimiento en sus muecas anunciaba un futuro derecho al odio. Les sostuve la mirada y arrugaron. Después de unas vueltas llegué a casa. Antes de entrar miré el cielo. Una línea blanda subrayaba el horizonte. Eso era el día.

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domingo 22 de marzo de 2009

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AGUA DE CADAVERES


Autor: Alejandro Hosne
381 paginas
2009 (derechos reservados)